martes, 24 de septiembre de 2013

El problema de nuestra civilización es que no permite disfrutar de esta vida. No existe una aceptación de la realidad y del alcance de la misma en contemplación pacífica sin que el mundo moderno nos haga inmediatamente acreedores a una etiqueta de mediocridad.

Se han preguntado porque no es bien visto el "conformarse" (entre comillas, ya que la palabra no debería tener esa connotación negativa que se le otorga instantáneamente) con lo que tenemos, con el disfrutar de lo bueno y lo malo del ambiente que nos rodea; y es que no es caer en apatía por la vida, sino justamente todo lo contrario. Valorar y apreciar la vida que se tiene sin oscurecerla o empañarla de matices grises al pensar en ese costo de oportunidad, en lo que nos estamos perdiendo por disfrutar este momento, este lugar o esta experiencia que el nuevo orden no etiquetó como valiosa, en voga o trendy.

Entiendo que el punto donde yace la diferencia es difícil y un tanto conceptual; ¿cómo saber si se puede tener más satisfacción y evitar caer en mediocridad? ¿cómo saber si se está en un nivel de realización y evitar caer en la enagenación que la sociedad impone (querer más, ser el mejor, siempre)?
La respuesta más común y -esperaría- obvia es que nosotros mismos, en nuestra mente, en nuestro interior sabemos cuando hemos alcanzado plena realización o consecución de nuestros sueños y anhelos... pero, en este mundo cambiante y esta sociedad tan rápida y apremiante que nos ha llevado con ideas y slogans a perseguir ese sueño, ¿quién nos ha enseñado a parar? ¿quién nos ha enseñado a identificar el final, la meta?

Y si dejamos por un momento de lado a ese gran monstruo llamado "sociedad", a ese ente perverso denominado "civilización"  y nos enfocamos en nosotros mismos, nos encontramos con otro inconveniente: la naturaleza humana. Como animales semi-racionales que somos, tendemos a seguir nuestros instintos, a vivir al acecho, en sigilosa duda y siempre a la espera. Y es así que nuestro ser de cierta manera nos impide también a encontrar "paz" en lo que tenemos. El sentido evolutivo de supervivencia, ha motivado a las especies a "necesitar" más para preservarse, a desarrollar algo nuevo, a evitar el quedarse estáticos y complacientes ya que es en ese momento donde la especie está condenada a desaparecer o convertirse en presa de otra especie. 

En la versión moderna de esta supervivencia o predatoriedad, encontramos la dependencia al dinero y las formas e instituciones que el sistema ha instaurado para ofrecer ese "desarrollo", que a su vez convierte este paso evolutivo en un micromundo que ha devolucionado y nos envía a dividir la misma especie en sub especies que tienen que luchar entre ellas para sobrevivir. La ley del más fuerte.

Entonces, el desarrollo desde un punto de vista antropológico dio paso a un sub-desarrollo interno dentro del sistema evolucionado. Esto a su vez, crea conflictos a todos los niveles sociales. En la parte más instalada del sistema, el conflicto viene dado por el temor constante a perder el estatus de poderío a caer de la gracia del orden que impone dónde comer, dónde descansar, qué usar, cómo vestir. 
En la parte relegada por este sistema, tenemos el conflicto de la constante lucha del día a día, dada por la dependencia que la misma civilización creó hacia el dinero y los medios de vida. 
Sea cual sea la parte en la que nos encontremos, siempre afrontaremos algún tipo de decisión o motivación para no ubicarnos tranquilamente en esa zona de confort que bien podría ser la meta . pero que nadie nos dice cuándo es que es válido alcanzarla.

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D^2









martes, 5 de febrero de 2013

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Querido blog, (siempre quise empezar un post así) hace poco más de 2 años que te tengo abandonado... y no es por falta de cosas por compartir, sino por esa apatía crónica que me invade desde ya hace bastante tiempo (de ahí el adjetivo de crónico a mi alegada apatía).

Últimamente he experimentado una vorágine de ideas y pensamientos que me han inclinado a volver a este viejo y siempre patético intento de blog. En la era en la que escribir en 140 caractéres -o menos- es la norma; donde todas nuestras ideas y pensamientos deben ser leído por todos; en donde hay una ansiedad por comentar, por decir "lo que está pasando", lo que sentimos... resulta deliciosamente divertido e irónico el hecho de que, plasmar dichas ideas y expresiones en un blog (bitácora, libro, etc) signifique prácticamente "ocultar" estas ideas, ya que será justamente con el uso extensivo de vocabulario y elaboración dialéctica que pasarán desapercibidas estas palabras.

Mas que no sea engoñosa esta entrada (preámbulo -espero yo-), ya que no es la intención quejarse de esta tendencia. Al contrario, me parece que en la era de twitter y otras redes sociales, se ha encontrado una interacción más honesta -si no siempre constructiva- e informada -con sus desinformaciones también- que en las generaciones previas. Y no pretendo entrar en el debate sobre que tanto bien o mal hace en ciertos aspectos, sobre todo culturales, el enajenamiento de las mismas. Es justamente el conocimiento de que los blogs ya no son leídos, el saber que más de dos líneas escritas aburren al lector, lo que me anima a vovler a estos lugares y plasmar ideas en el dulce anonimato (si no real, al menos psicológico). He alcanzado nuevamente un punto donde -si bien la vida se transcurre de manera impasible-  tengo la necesidad de escribir y descargar de manera violenta y audaz una retahíla (desordenada) visceral de lo que acontece y experimento en este mundo que me rodea...

Así que sin más... procedo a contarme cosas a mi mismo sin preocuparme por los titilantes -1 -2 -3 -4 -5 números en negativo que me advierten que no puedo decir más...



2011-2013: Dos años de fascinante historia personal.